Punto 16
Muy variados han sido los «apellidos» —o, si se prefiere: los rostros, los filtros— que han lucido las portadas de nuestra revista en sus más de quince años de existencia: hemos sido El Cuentero andante, El Cuentero lector, El Cuentero humorístico, El Cuentero rural, El Cuentero erótico, El Cuentero sucio, El Cuentero crítico, El Cuentero musical…, entre otros. No se trata de simples etiquetas. No se trata simplemente de armar dosiers, o números temáticos. No solo son incursiones en determinados géneros o ámbitos narrativos. Es un poco de todo lo anterior, por supuesto, pero de lo que se trata, sobre todo, es de apuntar a la variedad y diversidad. Pensando no tanto en la revista concreta, singular, sino en la secuencia de revistas; no tanto en el material concreto, singular, sea cuento o entrevista o artículo, sino en su relación con el resto de los contenidos. Es un asunto gestual. Como el narrador antiguo que, ante el grupo reunido alrededor de la hoguera, hilvanaba su relato apoyándose en los movimientos de sus manos, y de todo su cuerpo. Un sistema de signos. Esas palabras que adjetivan —o, si se prefiere: que subtitulan, que formatean— nuestros Cuenteros, son como señales que extendemos a nuestros lectores, para convidarlos a ir siempre más allá del relato. Para llevar el cuerpo que cuenta a la profundo de la jungla de relatos, tan antigua como el ser humano.
Y, precisamente, el número que ahora tienes en tus manos viene a subrayar, de otro modo, esta gestualidad que nos ocupa desde el número 0. En esta ocasión hemos hecho un Cuentero queer. Y lo queer, por definición, comprende la variedad y la diversidad; no se entiende sin ellas. Lo queer abraza y postula diferencias. Queer, por cierto, se ha castellanizado como «cuir», y esta palabra más que adjetivo nos parece verbo. Una acción. Nos recuerda a «ir». ¿Pero ir adónde? Eso no importa tanto. Importa el movimiento, la práctica, el gesto… Quizás la ficción es eso. Quizás siempre lo ha sido. Más allá del sentido que engloba a la sexualidad humana, es posible que hablar de «literatura queer» sea una redundancia. ¿Acaso la literatura no es queer por definición? Escribir, en tanto verbo, ¿no es también cuir? ¿No pone siempre la ficción, en primer plano, la diferencia, las diferencias? A punto de cerrar este Punto, y con él este número, recordamos al gran Lichtenberg, a quien invitamos esta vez a nuestra sección Decálogo: «Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero, por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien». El Cuentero, como el Centro Onelio, quiere seguir contagiando narrativa, y todo lo que con ella contagian los jóvenes escritores.
La Redacción
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